Diarios daneses

Lo que no se escribe en otra parte, escrito acá sin demasiado criterio

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Noviembre 2, 2007 Publicado por vontrier | 1 | | No hay comentarios

Home

A veces, me cansa mucho ser yo. Por suerte, siempre tengo dónde volver cuando me voy lejos.

And I thank you for bringing me here
For showing me home
For singing these tears
Finally Ive found that I belong

Feels like home
I should have known
From my first breath

Septiembre 16, 2007 Publicado por vontrier | Banda de sonido vital | | 1 comentario

Oportunidad

Hoy es un día de esos en los que me gustaría que todo el mundo me dejara en paz. Y digo paz en el sentido más estricto. Que no me pregunten cómo estoy, ni que me pasa, ni dónde andaba. Que no me pregunten nada. Que me dejen tranquila masticar mi día horrible, mi semana frustrante, mi mes agotador, mi último año nefasto, mi década infame, sin tener que dar explicaciones, sin tener que excusarme por sentirme de tal o cual manera. Y que no me consuelen. No necesito consuelos. No necesito acordarme que hay niños muriendo de hambre o enfermos en un hospital, que hay gente que no tiene a nadie, que cada día hay más gente durmiendo en la calle. No me consuela estar mejor que los que están peor.

Que no me digan que me valgo por mi, que no necesito nada de nadie, que mis necesidades básicas están satisfechas. Que no me propongan salir, entretenerme, despejarme o distraerme. Que no quieran que esté como si no pasara nada porque lo que pasa, pasará, en algún momento como todo.

Y sobre todo, que nadie se anime a decir: tenés un buen sueldo y es sólo un trabajo. Vas, hacés lo tuyo y te vas. Eso no entusiasma a nadie. Y además, es mentira. Siempre hay un extra no reconocido.
Que no me toquen ni me palmeen la espalda, que no intenten explicarme que hay otras cosas, que tengo mal puesto el foco. Que nadie me lo diga.

Quiero una sola cosa. Quiero una puta y única oportunidad para demostrar que lo mejor que sé hacer, vale la pena. Y conseguir esa puta y única oportunidad sin tener que mendigarlo, sin pedirlo por favor, cómo si estuviera pidiendo limosna; sin pasar un día más sentada frente a un escritorio, rodeada de números que cada día son más indescifrables, con millones de obligaciones y poquísimos derechos (y el bien pensante levantador de ánimo dice: todos los trabajos son así, pero a mí qué me importa cómo son todos los trabajos)

Busco una sola y única oportunidad. No quiero ganar el loto. No quiero casarme con un multimillonario. Quiero poner mi cabeza al servicio de lo que mejor sé hacer.

La reputa madre, no parece algo tan terriblemente complicado.

Con quién hay que acostarse para conseguir una sola, puta y única oportunidad?

Hay que acostarse con alguien? Hay que pertenecer al grupito de chicas con anteojos raros y sin maquillaje? Los anteojos ya los tengo, estimados. Presten atención. No me la hagan tan díficil. No tengo la eternidad y un día para seguir intentando.

Agosto 22, 2007 Publicado por vontrier | Mías | | 1 comentario

Experiencia

Cuando la empezó a perseguir, no sabía en qué pensaba. O sí, sabía que estaba harto de las chicas de su edad y que no quería seguir perdiendo el tiempo en noviazgos, regalitos y cumplemeses. Experiencia. Eso quería. Experiencia. Toparse por ahí, con alguna que lo diera vuelta como una media y no volver a casa con gusto a poco en la entrepierna.

Cuando la encontró, no se dio cuenta con lo que se enfrentaba. Veinte contra treinta y cinco. Aburrida de reuniones laborales y de hijos ajenos. Es mía, dijo, iluso él.

Soy rock, fue lo primero que le dijo, intentando impresionarla. Ajá, contestó ella y echó el humo del cigarrillo por encima de la cabeza del chico. Después, le palmeó la cara.

Te cabe el rock, se te nota, se huele, dijo mientras adoptaba una postura demasiado forzada: la ceja levantada, la mano en el bolsillo y media sonrisa.

Ella lo miró, sonrió con ternura y apoyó los dientes sobre el labio inferior. ¿Qué hay con las chicas de tu edad? le preguntó, retrocediendo un paso.

No es muy rocker esa pregunta. ¿Hay prejuicio? dijo él, adelantándose.

Y después de esa pregunta, ella terminó de entender todo. Le contestó que no, con la voz ronca que tienen los fumadores, después de darle un trago al vaso de cerveza. Casi no lo miraba, salvo para retirarle la mirada, como quién mira algo sin importancia, algo que forma parte del decorado.

Salgamos, dijo él. Salgamos de acá, no puedo hablar con este ruido.

Ella aceptó y él estuvo casi seguro de su victoria, al menos del principio de ella.

Llegando a la esquina, a él se le habían agotado sus parlamentos. Le urgía meterle mano por donde fuera pero sabía que un milimétrico error echaría por tierra la persecución de toda la noche.

Y vos qué hacés, dijo ella, cuando parecía que nadie iba a decir nada más.

Estudio, no sé, rockeo, contestó y ella largo un pff desalentador. Se paró frente a él. Ya está bien, le dijo. Ya está bien del rock y la pose. Ahora hablame vos o me voy. Tengo años de rockeros que terminan siendo tangos. No me aburras, pendejo.

A lo mejor fue la palabra, ese pendejo fastidiado que recibió casi en forma de reto, lo que lo aceleró. Avanzó hacia ella hasta que se chocaron con la pared. Con impunidad, la beso en la boca.

Al mismo tiempo descubrió, en el movimiento de la lengua femenina, en el frenesí del roce de ese cuerpo contra el suyo, que la mujer era mil rocanroles. Y después de eso, se sintió torpe, inexperto y mudo.

Fue ella la que paró el taxi e indicó la dirección, la que lo desvistió, lo tocó, lo besó y lo cabalgó.

Cuando sonó el telefono para avisar que el turno había terminado, ella ya estaba vestida. El seguía desnudo sobre la cama, con los ojos abiertos, mirándose en el espejo del techo de la habitación.

Julio 30, 2007 Publicado por vontrier | Cuentos | | 5 comentarios

Debut

La habitación está pintada de rosa y tiene una guarda azul pastel con estrellas. En el techo, las estrellas se repiten pero son fluorescentes. El cuarto está lleno de muñecos que dicen te quiero mucho y sos mi mejor amiga. Hay un placard de pared a pared que de a poco se fue llenando de fotos y de lo que la dueña de la habitación llama recuerdos.

Hace un rato largo, estuvo sentada en el borde de la cama con un compañero de colegio. Ella tiene catorce casi quince y él, dieciséis casi diecisiete. Fueron compañeros de banco todo el año. Siempre se gustaron pero recién hace un mes que salen; desde que terminaron las clases y la dejaron ir a bailar por primera vez.

Valeria, que es puro ojo y flequillo y la única de toda la división que quiso sentarse con el repetidor, está un poco nerviosa. Él llegó hace un rato, se llama Javier y tiene la cabeza rapada y un ojo abierto tatuado en la nuca, jamás le interesó el colegio hasta que se sentó con Valeria y esta tarde toco el timbre y trajo una coca y un cuarto de galletitas en la mochila. Cada tanto, se mete la mano por debajo de la remera negra y se aplaude el estómago mientras deja ver el elástico del calzoncillo.

En la casa de Valeria no hay nadie. Madre y padre están en respectivas oficinas. No tiene hermanos, todo es para ella sola.

Javier se sienta más cerca de Valeria y le dice hola. Le da un beso corto en la boca y Valeria levanta los ojos. Ya nos saludamos, le dice poniéndose colorada. Javier se ríe. Tenes miedo le pregunta. Un poco le dice ella y prende la tele. En el televisor aparece un grupo musical que revolea la cabeza al compás de la música . Javier se prende de la pantalla después de decir uhh, buenísimo. Valeria lo mira sin que él se de cuenta. Pusiste la coca en la heladera le pregunta a Valeria, sin dejar de ver el video, en la media lengua del que se come las uñas y se arranca los pellejos de los costados de los dedos. Me dijeron que después te da un poco de sed, le dice sacándose la mano de la boca, como dándose cuenta de que no tiene que morderse los dedos delante de la que podría convertirse, en cuestión de minutos, en su novia.

Valeria dice que si, que la coca está en la heladera pero que si quiere puede abrirla ahora. No. Ahora no, dice Javier, es para después. Son las dos de la tarde, hasta las ocho que viene tu vieja tenemos tiempo, le dice.

Ella asiente con la cabeza. Y se va al baño y se mira al espejo. Por suerte se le fue ese grano que le había salido hace dos días y por suerte, no tiene muchos pelos, gracias a la abuela y a mamá que son lampiñas. Se sigue mirando en el espejo. Se puso el corpiño nuevo y anoche se pintó las uñas sólo con brillo porque todavía no le permiten pintarlas de colores y no entiende por qué si ella ya es grande, si ya casi está de novia, si vuelve sola con Javier un rato antes de que se haga de día. Se acuerda de Monroe, el profesor de biología que la mandó a marzo y que siempre la está mirando y ella se pregunta por qué la mira, por qué la mira tan raro, debería contárselo a alguien.

Javier le golpea la puerta. Estás bien, le pregunta. Ella dice ahora salgo y siente que le tiembla el estómago, que no quiere salir, que quiere ir con su mamá pero respira hondo y sale y lo abraza, se le cuelga del cuello. El se ríe otra vez, loca le dice, te tomaste una birra en el baño, sos loca y le agarra la mano. Vuelven a sentarse en el borde de la cama. Se dan un beso, dos, tres, diez, sacan las lenguas, se acarician, se recuestan sobre el colchón.

La mano de Javier desabrocha el botón del pantalón de Valeria. Trajiste forros, pregunta ella, mi mamá me mata si quedo embarazada. No pensemos en eso ahora, dice él. Traje forros, traje muchos, como diez, me gasté toda la plata. Vos quedate tranquila.

La mano sigue sola por el cuerpo de Valeria. Ella sólo acaricia el pelo y los brazos y piensa si está bien lo que está haciendo, todas las del colegio dicen que lo hicieron ya, menos ella, por suerte está Javier, sino quién sabe con quién terminaba haciendolo, con cualquiera, hasta Monroe era capaz de ayudarla, pero a lo mejor pienso mal, dice, porque Monroe es grande y sabe y no se va a meter con una pendeja como yo pero no deja de mirarme y cuando me mira, siento que me quema la ropa, que me deja desnuda en pleno patio del colegio y a lo mejor si estuviera con él, con Monroe, que es tan viejo como mi papá, no tenía este miedo que tengo ahora y se muere de vergüenza justo cuando lo piensa porque la mano de Javier está adentro de su bombacha y cierra los ojos porque no quiere ni mirarle la cara. Mi viejo me ahorca si me ve, piensa de nuevo mientras Javier le agarra su mano y la lleva a la entrepierna y le pide que lo toque: tocame Vale, tocame.

Ella toca y piensa en todo lo que le contaron. Descubre algunas mentiras, pero sigue acariciando y es cierto que es suavecita como la piel del paladar.

De repente está desnuda y Javier también. Se tapan con la sábana rosa con broderie de su cama y siente que le duele un poco y cada tanto dice, pará Javi, pará y el dice, es ahí, es ahí, no es cierto, perdoná que te haga doler. No importa dice Valeria. No importa, dale, terminemos con esto, tenes el forro puesto. Si, Vale, si. Dicen que después te sale mejor, que el primero es difícil pero que después te acostumbras y no te duele mas, yo te quiero, le dice para convencerla y la ve cerrar los ojos.

Javier levanta la cabeza y mira el techo. Piensa que Leandro no se lo va a creer cuando se lo cuente, que no va a saber como hacer para que le crea y al mismo tiempo piensa que no tiene que contarlo, que un hombre no cuenta esas cosas, se lo dijo su hermano mayor. Baja la cabeza y la mira. Es linda, que linda, tan linda, queres ser mi novia, Vale, se le escapa y ella que abre los ojos y que dice que si, que claro que quiere pero que terminen con esto de una vez.

Cerra los ojos, le dice él. Pensá en algo lindo, no sé, en… en Mariano Martinez, no sé, en alguno que te guste. Ella hace caso. Cierra los ojos, piensa en algo lindo. En diez minutos están tendidos sobre el colchón y Javier se está levantando para buscar la coca fría y cuando vuelve se acuesta y pone su mano entre las piernas de ella y asegura, con un tono de voz nuevo, te gusto. Ella dice que si y cuando siente que la mano se mueve, cierra los ojos y vuelve a pensar en Monroe. En el profesor de biología, Francisco Monroe que le quema la ropa con solo mirarla.

Julio 16, 2007 Publicado por vontrier | Cuentos | | 2 comentarios

Hermosa

Juárez sacó el ambo verde del bolso y lo puso en el cesto de la ropa sucia. Lo único que quería al llegar a casa era sacarse el olor a sanatorio de encima y no volver a sentirlo hasta dentro de dos días. Llegó todo transpirado.

Cuando vio a Olguita ensimismada sobre la mesada de la cocina, supo que estaba nerviosa. El horno estaba prendido y la casa olía a cebollas y morrones asándose.

-¿Cómo anduvo todo m’hija?– le preguntó- Qué calor, Dios Santo.

-Bien, papá. Nilda dijo que si usted quiere, después de las doce, vayamos a la casa de adelante. Prepararon un baile para esta noche– respondió la chica mientras tiraba a la basura las semillas del morrón y la cáscara de las cebollas.

-Hm. La Nilda. Ya empezó a meterle sus ideas raras. Un baile. Adelante. Ya vemos, m’hija. Tengo los pies destruidos.

Salió caminando hacia la pieza. Este año pudo poner, en cuotas, el mosaico en el piso. Estaba quedando linda la casita. Y había que ver como brillaban los mosaicos. Olguita le daba con el cepillo y el trapo hasta que uno los podía usar de espejo. Nada de productos para el piso, cualquier porquería química de esas podía arruinar las baldosas nuevas.

Si seguía de camillero en el sanatorio cuando pasaran las fiestas le iba a hacer el frente. Ya tenía todo pensado: esos ladrillos que les ponen a las casas más nuevas. Aunque no fueran ladrillos de verdad le darían a la casa una imagen prolija, ordenada, segura.

Se sentó en la cama. Sobre la mesa de luz, el retrato de su primera y única esposa lo miraba. La primera Olga. A la derecha, el florero con dos jazmines. La cama bien estirada. Olguita, la segunda Olga, no dejaba pasar un día sin cambiar las flores. A los dieciséis era una ama de casa perfectamente organizada. Abanderada en la escuela, un orgullo para su padre.

Se sacó los mocasines. Los puso debajo de la cama. Sobre la silla que estaba bajo la ventana encontró la camisa y el pantalón bien planchados, la ropa que usaría en la cena de Navidad. Miró la foto de su mujer y se prometió que esa noche, no. Nada de recuerdos tristes. Nada de pensar en todos los que se fueron muriendo y dejándolo solo. Si no estaba solo, estaba con Olguita y Olguita era chica todavía. Con suerte, él se iba a morir antes de que se casara, aunque le apenara un poco que por pensar así, por desear morirse antes del casamiento, no pudiera llevarla del brazo al altar y quedarse a vigilar al yerno, para que no haga sufrir a la chica, tan buena ella.

Abrió la puerta del ropero y sacó una caja envuelta en papel metalizado rojo. Casi sin respirar para que Olguita no se avivara, la dejó debajo del árbol. No se llega a la computadora tan fácil, pensó. Este regalo le va a gustar igual. Aunque quería otra cosa, Olguita es una chica pensante.

El pesebre estaba más lindo que nunca. Tenía montañas hechas con papel madera y nieve de algodón.

-M’hija, me voy a dar un baño. Golpéeme la puerta cuando esté lista la comida. ¿Seguro que está todo bien, no?

-Sí, todo bien, papá pero salga solo hoy. Es Navidad. Y póngase lindo. Estamos de fiesta.

Juárez sonrió para sí. Cerró la puerta del baño.

Olguita escuchó correr el agua de la ducha. Esta noche se lo digo, pensó, mientras pinchaba las papas para la ensalada rusa que hacían ruido en la olla. Esa noche le diría a Juárez que era la novia de Juan, el hijo de Nilda. Esperaría a que pasaran las doce y lo convencería de ir a la casa de adelante y en pleno baile, se acercaría despacio, de la mano de Juan y se lo dirían juntos.

Podía escucharlo repitiéndole a Juárez lo mismo que ella había escuchado: “La voy a cuidar bien. La voy a respetar. Quiero que Lucía sea la madre de mis hijos”

“Lucía”. Ese punto debería aclararlo. A Juárez le gustaba llamarla por su segundo nombre, sobre todo después de unos vasos de vino. “¿Qué tenés que decir del nombre de tu madre?” solía decirle cuando se enojaba. “Ojalá seas la mitad de buena mujer que fue ella”

En eso también debía pensar Olguita. Juárez era de mala bebida. No tomaba siempre pero cuando tomaba, había que agarrarse. Todo lo irritaba. Esa noche tomaría para festejar o para olvidar o para olvidarse de festejar. Terminaría furioso puteando a todos los Santos y la virgen María. Debían hacer todo muy sutilmente para que la fiesta terminara bien. Aunque quizás, esta Navidad fuese diferente. Seguramente, esta vez la esperara el regalo que había venido pidiendo desde hacía tres años: la computadora. Y se terminarían para siempre los favores pedidos a las chicas del colegio para hacer los trabajos prácticos. Hasta en un tiempo, con lo que ganaba con Leonel, el hermano más chico de Juan, dándole clases de apoyo escolar, podría poner Internet sin que Juárez tuviese que pedir horas extras. Y conseguiría un trabajo que le permitiese terminar el secundario. Sí, este año, el regalo tenía que ser la computadora. Con un trabajo decente, ella podría empezar a pensar en casarse o en estudiar odontología, sin preocuparse porque Juárez se pasara la semana metido en el sanatorio.

Se pegó un golpecito débil en la frente para devolverse a la realidad. Tenía que pensar en el encuentro de Juan y Juárez. ¿Qué podría hacerle a Juan? Si en los ojos se le notaba que era bueno. Si él mismo le había pedido decírselo a Juárez aunque le arrancara la cabeza. Pero ¿y si le hacía algo? ¿Si le daba bronca y se enceguecía y todo terminaba a las trompadas? De sólo pensarlo se le llenaban los ojos de lágrimas. Ya se veía teniendo que elegir entre uno y otro. Pero esta vez, no. Esta vez, elegiría a Juan. Aunque Juárez la echase de la casa. Aunque tuviese que irse a vivir a Tucumán con la tía Rosa, la hermana de su madre. No. No iba a permitir que Juárez le pusiera un dedo encima a Juan. Se le ponía la piel de gallina imaginarlos peleando. Y le entraba una angustia, una angustia tan grande que le daban ganas de llorar pero a los gritos.

En todo eso pensaba Olguita mientras vaciaba la cacerola de papas sobre un colador debajo de la canilla de agua fría y controlaba que no se le saltaran las lágrimas, cuándo se dio cuenta que era hora de dar vuelta la carne que estaba en el horno.

Abrió la puerta con cuidado. Con la mano envuelta en un repasador, sacó la asadera. Pesaba mucho.

-M’hija, usté no vio mi….

El ruido de la asadera sobre el mosaico, el grito de Olguita y “la punta del sauce verde, me quemé”

En un minuto, Juárez levantó la carne del piso, sacó la cubetera de la heladera, la envolvió en una bolsa y la puso sobre la mano quemada de Olguita.

La tomó de los hombros y la sentó en una silla.

-Acá pasa algo raro – dijo Juárez – No me quiera meter el perro, m’hijita. ¿Estuvo llorando?.

-No, papá. No sé. Tengo la cabeza en las nubes. Estuve todo el día preparando la comida. Justo ahora viene a pasar esto. ¡Qué macana!

-Pero estuvo llorando, no me macanee.

-No, papá. Fue la cebolla. Son lágrimas de cebolla, como decía mamá. Doce pesos me costó esa carne y ahora hay que tirarla. Estoy hecha una estúpida- y después de decir eso se permitió una o dos lágrimas.

-No se preocupe, che. Lo lavamos un poco y lo comemos igual. O nos hacemos una sopa, si lo importante de la Navidad no es la comida. No me llore que para comer no nos falta.

-No sea asqueroso -dijo sonándose la nariz con una servilleta de papel- ¿De qué vamos a hacer la sopa? ¿De nueces y pan dulce?

-Y quién le dice, m´hija. Capaz con esa receta nos hacemos ricos- le dijo sonriendo.

Se quedaron uno frente al otro. Olguita con el hielo sobre la mano; Juárez, sosteniéndose el toallón.

-Tiene la cara colorada. Dígamelo de una vez. ¿Usté no andará en algo raro, no?

Olguita se quejó. Dijo “pucha, cómo duele” y Juárez le contestó “chito, carajo”

Después de un rato, cada uno fue a vestirse.

-La quiero mucho, ¿sabe? – dijo Juárez desde su habitación mientras se abotonaba la camisa

-Si, papá, yo sé. ¿Vamos a ir al baile de adelante? – preguntó Olguita mientras se miraba la mano y trataba de sacarse la hebilla del pelo.

-¿Usté tiene ganas? Después de comer, vemos.

-Y… yo tengo ganas de ir. Es Navidad.

Juárez no dijo nada. “Ahora toma vino. Ésta está enamorada” pensó.

Eran las nueve cuando se sentaron a comer. La ensalada rusa estaba bien fría. El matambre, un poco salado pero no se había desarmado después de cortarlo. Hablaron de cualquier cosa. Del viaje de egresados de Olguita, del frente de la casa, del sanatorio, como en un día normal. Juárez le sirvió una copa de vino y la miró con desconfianza. Olguita sonrió y le mostró todos los dientes. Con la programación de la tele fueron pasando las horas.

-Doce menos cinco, m’hija. Preparemos todo.

Pusieron sobre la mesa la sidra, el pan dulce, dos paquetes de garrapiñadas y un turrón.

Doce en punto se abrazaron y besaron. Olguita se acercó al árbol de navidad y estiró una bolsa hacia Juárez.

-Zapatillas – dijo Juárez con una sonrisa de oreja a oreja - ¡Qué hermosas, m’hija, gracias! ¿De dónde sacó la plata? ¿Se gastó lo del chico que viene al apoyo escolar? Eran justo las que quería, sabe.

-Si, papá. Para eso la estuve juntando. ¿Dónde está mi regalo? – preguntó Olguita.

-Ahí. No sea ciega, quiere. Ahí lo tiene, delante de la nariz. La ayudo si no puede. Hoy tiene la patita herida.

Olguita sonrió y se vio reflejada en el envoltorio metalizado del paquete.

-¿Qué es?

-Ábralo.

-Pero… ¿qué es?

-Ábralo, carajo y deje de mirarme como vaca que ve pasar el tren.

Lo abrió con cuidado. La caja era azul y dentro tenía un vestido blanco.

-Ah. Pero esto es el vestido de mamá –dijo Olguita–. El vestido de novia de mamá.

-Sí. ¿Qué mejor regalo, no? La Nilda lo refaccionó. Lo puede usar en un rato, si quiere. En el baile ese de adelante. Espero que no lo haya hecho demasiado corto.

-Bueno, gracias, papá – dijo Olguita mientras intentaba disimular el nudo en la garganta.

-De nada, m’hija. Usté se lo merece. Ahora hágame otro regalo. Dígame qué le pasa. Dígamelo o la voy a perseguir a preguntas toda la noche. Dígale a su padre. Cuéntele.

-Ay, papá. Ya le dije. No pasa nada.

Terminaron la sidra. Olguita se probó el vestido. Le quedaba pintado. Nilda le había agregado un detalle en rosa pálido. Parece una princesa, pensó Juarez.

-Está igual, igual – le dijo mientras apagaba la luz - ¿No me va a decir ni una palabra Olguita?

-Pero ya le dije gracias, papá. Muy lindo el vestido-dijo, mientras estiraba el cuello para darle un beso.

-Del regalo, no. De lo que le pasa, digame.

Olguita agachó la cabeza. Pensó: las botellas de vino, las botellas de sidra que desfilarían ahora, en la casa de adelante, en Juan y el bendito Lucía.

-Bueno, papá. Era una pavada. Hoy el chico que me gusta me dijo hermosa. Era eso. Nada más.

-¡Cómo no le va a decir hermosa! Si la viera ahora, se cae de culo.

Salieron de la casa. Caminaron dos metros o tres. Juan estaba en la puerta de la casa de adelante. Todavía tenía la ropa de asador con olor a humo puesta y una sonrisa de oreja a oreja.

Olguita lo venía calculando a Juan. Caminaba detrás de Juarez, asomando la cabeza, intentando hacerle señas a Juan de que mejor esperasen el año nuevo.

-Feliz Navidad, Juárez. Pase. Póngase cómodo. Los viejos están en el fondo- dijo Juan.

Y cuando Olguita se asomó a la luz, Juan no pudo evitarlo.

-Estás hermosa – le dijo.

A Juárez se le cortó el aire. Olguita cerró los ojos.

Junio 22, 2007 Publicado por vontrier | Cuentos | | 3 comentarios

Perro

Valeria miró con sorpresa el paquete. Un collar para perro. ¿Para qué un collar para perro si en esa casa no había perros?
- Para vos - dijo Javier.- ¿No me vas a dar ese gusto? - agregó.
- ¿Eh?
- Dale, no te hagas la boluda. El otro día te gustó jugar con el cinturón.
Valeria volvió a mirar el paquete. Un collar de ahorque y una correa. Era demasiado. Se cruzó de brazos.
- No lo mires más así. Es lo mismo que ponerte el cinturón alrededor del cuello.
- No es lo mismo.
- Si, es lo mismo.
- No, no es. Yo no soy el perro de esta pareja.
- Qué boluda.
Son los años, pensó mientras ponía arroz a cocinar y apretaba la tecla enjuague en el lavarropas. Hace mucho que estamos juntos, ya no sabemos que hacer. Pero un collar para perros es demasiado. Esas cosas nunca se saben donde terminan. Hay límites que no hay que cruzar.
Javier jugaba con el collar. Hacía ruido con la cadena.
- No estoy loco, Vale. A vos el otro día te gustó el jueguito.
- El otro día era el otro día. Hoy es hoy. Ponételo vos.
- Y me lo pongo si la vamos a pasar bien, qué problema hay.
¿Qué problema hay? Javier compró un collar de ahorque para perros y una correa.
Y todo es para mí, pensó Valeria. Soy una mujer decente, también.
Lo dijo.
- Soy una mujer decente, Javier. Empezamos con el collar y terminamos enfiestándonos con desconocidos. ¿No te parece demasiado? Digo, jugar está bien pero ir más allá, no. ¿Después del collar de perro que va a venir? ¿La ropa de cuero? ¿El látigo? Al primer golpe, vos lo sabés, me voy de casa. Te planto y nunca más me ves.
- Estás exagerando. Siempre exagerás. Con todo. Me aburrís.
Y claro que te aburro, dijo para si Valeria. Si no te aburriera no hubieses comprado ese collar de mierda. Es lógico.
- A mi me cuesta entenderte, Vale. ¿Cuántos años hace que estamos juntos? ¿Catorce? ¿Quince? No sé. Desde quinto año somos novios. ¿Cómo podés creer que soy capaz de hacer algo que te lastime? Es horrible darme cuenta que después de tantos años no confías en mí. Nunca confiaste. Me voy a dar una vuelta.
- Si, el aire te va a hacer bien. Refrescáte.
El portazo sonó claro.
Que yo no confío, repitió en voz alta Valeria mientras sacudía el colador debajo del chorro de agua fría, qué no voy a confiar, por favor. Confío pero no mastico vidrio. Éste no se que se cree. Venirme con un collar de perro a mí, justito a mí.
Javier tardó varias horas en volver. Su ausencia intranquilizó un poco a Valeria.
Algo la llevó a pararse frente al espejo y a probarse el collar. No es tan malo después de todo y mejor me pongo el collar yo, antes que se lo ponga otra, dijo. Acercó el gancho a la arandela y comenzó a tirar. Conocía tan bien a Javier que sabía hasta dónde haría fuerza. Cuándo lo sintió demasiado ajustado, lo aflojó. Sólo tengo que relajarme, dijo.
Javier volvió de la calle con la misma cara de enojo y preocupación con que se fue.
- Me pongo el collar si vos haces algo similar.
- No te lo pongas. Se me fueron las ganas.
- Mah si. Quien te entiende.
- Vos, evidentemente, no.
- Javi, estamos bien.
- Si, claro. Estamos bien. Siempre estamos bien. Estar bien es para nosotros casi tan fácil como decidir si esta noche comemos fideos o arroz. Todo es lo mismo.
- Javier.
- Si, Valeria. Esto no es nuevo. ¿Tenés idea la cantidad de mujeres que conociéndome solo un diez por ciento de lo que me conoces vos, se pondrían ese collar? No tenés idea.
- No empieces con eso, Javier. No me hagas hablar.
- Hablá. Quiero ver que tenés para decir.
- No voy a decir nada.
- Nunca decís nada. Y cuándo abrís la boca es para decir que no.
- Digo que no cuando venís con estas extravagancias. Podemos ser normales.
- No somos normales, Valeria. Hace quince años que nos conocemos. ¿Cuántos normales conoces que hayan durado tanto juntos?
- Eso que tiene que ver. Mis viejos están juntos hace treinta y nueve años.
- Y tu viejo le sigue metiendo los cuernos a tu vieja igual que el primer día. Esa es tu normalidad. Parece que eso es lo que querés.
- No hables así de mi papá.
- Hablo como se me ocurre. ¿Cuántas veces vino tu vieja a quedarse acá porque le descubrió el fatto nuevo a tu viejo? Dejáte de joder. La última vez la mina era más joven que vos.

A esa altura de la noche, ni siquiera se miraban a la cara.
No pienso decir ni una palabra de tu mamá, pensó Valeria mientras miraba a Javier por el reflejo de la ventana.
Javier hacía zapping. Apretaba la tecla más del control remoto con bastante furia y sólo pasaba interminablemente por los canales de deportes.
- A vos te está haciendo mal ver tanta pornografía por Internet, Javier. A ver si te das cuenta que esas mujeres no hacen esas cosas en la realidad. Lo hacen en las películas porque les pagan.
- Ahora me decís pajero. Lo que me faltaba escuchar esta noche. Nena: compré el collar porque hace una semana me pediste que usara el cinturón. Fuiste vos, ¿te acordás? No se me ocurrió a mí. ¿Quién de los dos está viendo demasiada pornografía?
- ¡Yo no veo pornografía!
- Si, claro.
- Yo no veo pornografía. Soy una mujer normal, Javier.
- Ajá. Una mujer normal y decente que me pregunta si me gustaría estar con otra mujer o con otro tipo mientras cogemos. ¡Qué decente!
- Matáte, Javier. Nada te viene bien. Si no te hablo me decís que parezco una muerta.
- Vos fijate por qué será.
- Sos una porquería.
- “Sos una porquería”. Decíme las cosas que me decís a la noche. Soy siempre la misma persona. Quiero creer que cuando te acostás conmigo, te acostás conmigo y no con otro. ¿O pensás en otro mientras cogemos? Soy un pelotudo, por Dios.

Valeria se quedó callada.
A veces sos otro, pensó. A veces, necesito que seas otro y no es que no te quiera. Nadie me tocó más que vos. Todas mis amigas conocen por lo menos tres, cuatro tipos. Hacen chistes sobre eso. Qué este la tiene así, que el otro la tiene asado y yo muda. Lo único que hago es hablar de vos. No sé que hacer.
Valeria se encontró pensando en todo eso con un nudo en la garganta. No voy a llorar, se dijo. No sabía que decir. De repente tenía ganas de morder a Javier, de lastimarlo, de verlo sangrar, de tener la fuerza suficiente para hacerle entender que todo estaba bien como estaba.

- Vamos a la cama – dijo, repentinamente.
- No quiero. – contestó Javier.
- Vamos a la cama, Javier. No es un pedido.
- Andá sola.
- Vamos los dos. Ahora.
- No me digas. Obligáme.

Valeria se sacó la ropa. Quedó absolutamente desnuda en el medio del living. Se acercó a Javier y le dijo vamos.
- No quiero. No tengo ganas.
- Vamos. No te voy a rogar.
- Dije que no.
Caminó decidida y se puso el collar. Extendió la punta de la correa.
- Vamos.
- Sacáte eso.
- Vamos ahora, la puta madre.
Javier se puso a reír y eso enfureció un poco a Valeria
- ¿De qué te reís, estúpido? Agarra eso y lleváme a la cama ahora.
Quizás haya sido el tono en que Valeria lo dijo o que Javier no quería empeorar las cosas lo que lo hizo obedecer aunque siguió riéndose hasta llegar al borde de la cama.
No fue suave ni cariñoso. Se desabrocho el pantalón con rabia. Valeria pensó que la lastimaría. Y tendría razones para hacerlo. La lastimaría por hipócrita, por negadora. Si a ella le gustaba ese juego. Se dio cuenta de que ni siquiera estaba tirando de la correa.
- Tratáme como a una puta – le pidió y solo consiguió a cambio un beso un poco mordido entre carcajadas ahogadas.
- Tratáme como a una puta, te digo – repitió.
Javier se alejó de ella. Quedó acostado de espaldas sobre el colchón con el pantalón desabrochado.
- No puedo – le dijo terminando de reír – sos una mujer decente y yo no soy uno de esos que andan con putas.
No volvieron a hablar del tema en toda la semana pero estuvieron bien. El collar terminó en el último cajón del armario del lavadero junto con un manual de sexo tántrico y un par de bolas chinas.

Junio 15, 2007 Publicado por vontrier | Cuentos | | 5 comentarios

Ternura

Digan lo que quieran pero a veces, este pibe me estruja el corazón.

Tengo un día ñoño, sí. Qué me importa.

Junio 8, 2007 Publicado por vontrier | General | | 1 comentario

Doctrinas

Hace unos días hablabamos de Adam Smith. Nos sorprendimos porque hace casi cuatro siglos dijo que el hombre solo sacia su egoísmo.

Hoy lo confirmamos.

Tendríamos que irnos una temporada a Jupiter.

Junio 4, 2007 Publicado por vontrier | General | | No hay comentarios

Bailarín

Fue uno de esos días en los que la única voz que se oía en mi casa era la de Chris Martin pidiéndome que mirara las estrellas que brillaban por mí.

Al mediodía había almorzado mandarinas en la cama y a nadie le molestó que contagiara el olor que me quedó en las manos a las sábanas.

Estaba sola. Cuando me siento sola, salgo a la calle.

En la esquina estiré el brazo y supongo, porque es un acto mecánico para mí, que saludé amablemente y dije un destino genérico. Esa vez, dije Recoleta. Después de arrancar, especifiqué las coordenadas. Podría haber dicho Pinamar de haberlo querido. El dinero no es mi problema.

Todo empezó cuando me dijo que siempre le había gustado bailar aunque, claro, sólo de bailar no podía vivir. Su madre le enseñó los primeros pasos en el estudio que improvisó en la habitación vacante luego de la muerte de su abuelo. Confesó, sin pudor, que cuando bailaba, a su madre se le pasaban todos los males.

Me contó que bailando llegó a Munich y desplegó una interminable lista de lugares y obras en las que había participado, conociendo casi todos los públicos europeos posibles. Pensé en la última vez que hice planes para viajar a Europa. No lo había planeado sola. Después, los planes se desvanecieron y pasaron a formar parte de mi nómina de pendientes.

Le pregunté si le molestaba el cigarrillo. Me dijo que no y encendí uno. No lo veía bien porque me daba la espalda pero pude notar que era alto y fibroso, quizás demasiado fibroso para bailarín.

Por la edad – estuvo en Europa quince años – ahora bailaba sin pretensiones, bailaba para comer. Durante muchos años fue integrante del ballet estable del Colón, como reparto, por supuesto, hasta que le llegó la oportunidad de viajar. La primera vez que viajó hacia alguna parte tenía veintiún años y un calendario de teatros y de presentaciones.

No sabe por qué volvió. Argumentó algunas razones pero después me pidió que no le creyera. La vida es muy difícil afuera, cuando uno está solo y la soledad, como la muerte, tiene nombre de mujer. Una mujer que no pudo - no se lo permitieron sus padres - acompañarlo.

Al regresar, la buscó. Una panza de ocho meses ahogó todo lo que tenía para decirle. Iba por su segundo hijo y era feliz. Imaginé el dolor que debe sentirse al encontrar a alguien querido feliz sin uno. Lo mejor es no volver a buscar.

Me preguntó si sabía como era tratar de dormir con el corazón hecho pedazos. Le dije que sí. En la desilusión, en el amor no correspondido, mas o menos, todos nos parecemos. Tuve ganas de contarle que desde hacía algún tiempo, la cama me resultaba tan grande que prefería ocuparla con cosas, con ropa, con libros para no olvidarme cómo era compartir la cama pero decidí que no era un comentario para hacer.

Por suerte pudo volver a bailar, dijo. No como bailó en Europa pero qué importa, algo es algo.

Adivinó que me gustaba la música, en particular la música triste. Y me recitó en italiano el principio de un poema, según creí entender de un tal Caproni - Quiérete a ti mismo, Giorgio, deséate todo lo mejor, que ninguno que te quiere mucho, te quiere. Acaríciate el pobre cuerpo delgado que ninguno ya te acaricia. - que sonaba, en su voz, como cualquiera de esas canciones que en las últimas noches me acompañaban. Nombró cuatro artistas y me preguntó si me gustaban. Tres eran mis preferidos y me sorprendió que no fueran músicos clásicos sino de esa especie que en general, las personas “cultas” no consideran artistas: Leonard Cohen, Tom Waitts, Beth Gibbons y Thom Yorke.

“Tenes la mirada más triste que vi desde que volví y mirá que yo veo mucha gente, acá” dijo, observándome desde mi reflejo. “Nadie te quiso bien” volvió a decirme de idéntica manera pero le desvié la mirada. ¿Qué podría haberle dicho? ¿Qué cuando la cama me queda grande en lo único que pienso es en que nadie me quiere? No estaba dispuesta a decir esas cosas en voz alta.

Después volvió a hablar del baile y de la sonrisa postiza en la cara cuando escucha la música que le toca bailar.

“No me avergüenzo” dijo dos veces como convenciéndose. “Es un trabajo y alguien tiene que hacerlo. No robo, no mato. Sólo me voy quitando la ropa y bailo. A veces, voy a domicilio, para subsistir, ¿te das cuenta? Los remedios de mamá son muy caros y hay tantas mujeres solas”

Llegamos al lugar en el que nos separaríamos para siempre.

Volví a extender el brazo pero esta vez para pagar. A cambio, me devolvió una tarjeta que decía su nombre: Jerónimo y un número de teléfono celular. Con el vuelto, me aclaró que de jueves a domingo trabajaba también en un bar de la calle Paraguay hasta las seis de la mañana.

“Llamame cuando quieras, convenimos y te veo”, dijo dándose vuelta casi por completo, “no te voy a poder querer bien, pero por un rato te vas a olvidar de los que no quisieron hacerlo”

Guardé el dinero antes de bajar y le deseé buenas tardes.

En la esquina, otro pasajero hacía la misma seña que antes había hecho yo para conducirlo al otro extremo de la ciudad.

No tiré la tarjeta. A lo mejor, uno de estos días, lo llamo.

Mayo 28, 2007 Publicado por vontrier | Cuentos | | No hay comentarios