Diarios daneses

Lo que no se escribe en otra parte, escrito acá sin demasiado criterio

Crash

Hace un mes o algo así, me pegué contra la realidad. Era un domingo pringoso como el que parece que va a ser hoy.  Estaba húmedo y resbaladizo.

Miraba por la ventanilla de un colectivo, con la cara de doce años que dicen que pongo cuando viajo aunque viaje distancias cortas.

Pensaba en el tiempo, o mejor, en la falta de él. En el poco tiempo que queda para todo lo que falta, en lo rápido y efectivo que debería moverme para que la vida no se me escape así, como agua entre los dedos. Contaba, a pesar de mi cara de doce años, los agujeros de mi vida, mientras la gente caminaba por el centro y compraba cosas o hablaba o fumaba cigarrillos. Y entre la multitud, descubrí a alguien de mi edad, alguien a quién yo había conocido en algún momento, cuando era la que no soy ahora.

El colectivo se detuvo en un semáforo.

El caminaba al lado de sus hijas que ya no eran las nenas que yo recordaba sino dos mujeres casi de su altura. Sonreía, como había sonreído siempre. Avanzaba con las manos en los bolsillos, tal como yo lo recordaba. No pude despegar la vista del trio. Ellos ignoraban que yo los miraba. Yo me sentía dentro de una pecera. Tan lejos de todo eso. Recuperando un recuerdo, que con los días, los meses y los años, se me había ido borroneando. Y que más que enfrentarme con ese que alguna vez había conocido, me enfrentó con todo lo que había olvidado de mí.

El colectivo arrancó. Me fui alejando. Los perdí de vista. Pensé en mí, mientras me reflejaba en la ventanilla, en lo que fui, en lo que soy. En la cantidad de cosas que quedaron en el camino. Me entristeció un poco pensar que algunas cosas de esa que fui - la capacidad de asombro, algo referente a la risa, cierta despreocupación respecto al futuro - se me habían perdido. Había ganado unas cuantas alertas, alarmas, cuidados especiales. Desconfianza al por mayor, cautela, ante todo. Mucha cautela.

Era un domingo pringoso, a lo mejor como parece que va a ser este y la realidad me había dado un sopapo con la mano abierta. Tenía los cinco dedos de la realidad marcados en la cara desde que vi a esas chicas que caminaban hablando con su papá. Esas chicas habían crecido. Y yo… yo estuve detenida mucho tiempo.

No hay tiempo que perder. Todo sigue.

Abril 1, 2007 - Publicado por vontrier | Mías | | No hay comentarios

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