Cursi
Me desperté y todavía era de noche. Di vueltas y volví a dormirme. La segunda vez que me desperté ya era tarde y tuve que levantarme de un salto de la cama, en lugar de quedarme como estaba, dentro del nido de sábanas y frazadas. Me miré al espejo. Me rasqué el cuello. Todo otra vez, pensé pero no tenía tiempo para lamentarme. Me vestí, me pinté, me perfumé y salí.
Llegué a la jaula como cada día, intentando sonreír. No sé por qué se me puso en la cabeza que si entro sonriendo, el día será más liviano y pasará más ligero. Sonrío todo lo que puedo, saludo y llego al escritorio. Mi cubículo está igual que siempre. La pared té con leche y los paneles entelados en gris azul, la luz de tubo que hace que parezca que afuera, siempre son las siete de la tarde y está lloviendo. Desentono con el paisaje pero no importa. Estoy acostumbrada a desentonar con este lugar.
Prendo el monitor, pongo un poco de música. Leo mails, atiendo el teléfono, sonrío al que se asoma cogoteando por encima de la pared del box. Me concentro. Si me desconecto lo suficiente, si soy esta especie de autómata sonriente, la próxima vez que parpadee va a ser la hora de salida. Las estrellas brillaran por mí, entonces. Es cursi, yo sé. Pero a veces, la cursilería es lo único que me da un poco de ánimo.
Ya falta menos. O menos que antes.
