Bailarín
Fue uno de esos días en los que la única voz que se oía en mi casa era la de Chris Martin pidiéndome que mirara las estrellas que brillaban por mí.
Al mediodía había almorzado mandarinas en la cama y a nadie le molestó que contagiara el olor que me quedó en las manos a las sábanas.
Estaba sola. Cuando me siento sola, salgo a la calle.
En la esquina estiré el brazo y supongo, porque es un acto mecánico para mí, que saludé amablemente y dije un destino genérico. Esa vez, dije Recoleta. Después de arrancar, especifiqué las coordenadas. Podría haber dicho Pinamar de haberlo querido. El dinero no es mi problema.
Todo empezó cuando me dijo que siempre le había gustado bailar aunque, claro, sólo de bailar no podía vivir. Su madre le enseñó los primeros pasos en el estudio que improvisó en la habitación vacante luego de la muerte de su abuelo. Confesó, sin pudor, que cuando bailaba, a su madre se le pasaban todos los males.
Me contó que bailando llegó a Munich y desplegó una interminable lista de lugares y obras en las que había participado, conociendo casi todos los públicos europeos posibles. Pensé en la última vez que hice planes para viajar a Europa. No lo había planeado sola. Después, los planes se desvanecieron y pasaron a formar parte de mi nómina de pendientes.
Le pregunté si le molestaba el cigarrillo. Me dijo que no y encendí uno. No lo veía bien porque me daba la espalda pero pude notar que era alto y fibroso, quizás demasiado fibroso para bailarín.
Por la edad – estuvo en Europa quince años – ahora bailaba sin pretensiones, bailaba para comer. Durante muchos años fue integrante del ballet estable del Colón, como reparto, por supuesto, hasta que le llegó la oportunidad de viajar. La primera vez que viajó hacia alguna parte tenía veintiún años y un calendario de teatros y de presentaciones.
No sabe por qué volvió. Argumentó algunas razones pero después me pidió que no le creyera. La vida es muy difícil afuera, cuando uno está solo y la soledad, como la muerte, tiene nombre de mujer. Una mujer que no pudo – no se lo permitieron sus padres – acompañarlo.
Al regresar, la buscó. Una panza de ocho meses ahogó todo lo que tenía para decirle. Iba por su segundo hijo y era feliz. Imaginé el dolor que debe sentirse al encontrar a alguien querido feliz sin uno. Lo mejor es no volver a buscar.
Me preguntó si sabía como era tratar de dormir con el corazón hecho pedazos. Le dije que sí. En la desilusión, en el amor no correspondido, mas o menos, todos nos parecemos. Tuve ganas de contarle que desde hacía algún tiempo, la cama me resultaba tan grande que prefería ocuparla con cosas, con ropa, con libros para no olvidarme cómo era compartir la cama pero decidí que no era un comentario para hacer.
Por suerte pudo volver a bailar, dijo. No como bailó en Europa pero qué importa, algo es algo.
Adivinó que me gustaba la música, en particular la música triste. Y me recitó en italiano el principio de un poema, según creí entender de un tal Caproni – Quiérete a ti mismo, Giorgio, deséate todo lo mejor, que ninguno que te quiere mucho, te quiere. Acaríciate el pobre cuerpo delgado que ninguno ya te acaricia. – que sonaba, en su voz, como cualquiera de esas canciones que en las últimas noches me acompañaban. Nombró cuatro artistas y me preguntó si me gustaban. Tres eran mis preferidos y me sorprendió que no fueran músicos clásicos sino de esa especie que en general, las personas “cultas” no consideran artistas: Leonard Cohen, Tom Waitts, Beth Gibbons y Thom Yorke.
“Tenes la mirada más triste que vi desde que volví y mirá que yo veo mucha gente, acá” dijo, observándome desde mi reflejo. “Nadie te quiso bien” volvió a decirme de idéntica manera pero le desvié la mirada. ¿Qué podría haberle dicho? ¿Qué cuando la cama me queda grande en lo único que pienso es en que nadie me quiere? No estaba dispuesta a decir esas cosas en voz alta.
Después volvió a hablar del baile y de la sonrisa postiza en la cara cuando escucha la música que le toca bailar.
“No me avergüenzo” dijo dos veces como convenciéndose. “Es un trabajo y alguien tiene que hacerlo. No robo, no mato. Sólo me voy quitando la ropa y bailo. A veces, voy a domicilio, para subsistir, ¿te das cuenta? Los remedios de mamá son muy caros y hay tantas mujeres solas”
Llegamos al lugar en el que nos separaríamos para siempre.
Volví a extender el brazo pero esta vez para pagar. A cambio, me devolvió una tarjeta que decía su nombre: Jerónimo y un número de teléfono celular. Con el vuelto, me aclaró que de jueves a domingo trabajaba también en un bar de la calle Paraguay hasta las seis de la mañana.
“Llamame cuando quieras, convenimos y te veo”, dijo dándose vuelta casi por completo, “no te voy a poder querer bien, pero por un rato te vas a olvidar de los que no quisieron hacerlo”
Guardé el dinero antes de bajar y le deseé buenas tardes.
En la esquina, otro pasajero hacía la misma seña que antes había hecho yo para conducirlo al otro extremo de la ciudad.
No tiré la tarjeta. A lo mejor, uno de estos días, lo llamo.
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