Experiencia
Cuando la empezó a perseguir, no sabía en qué pensaba. O sí, sabía que estaba harto de las chicas de su edad y que no quería seguir perdiendo el tiempo en noviazgos, regalitos y cumplemeses. Experiencia. Eso quería. Experiencia. Toparse por ahí, con alguna que lo diera vuelta como una media y no volver a casa con gusto a poco en la entrepierna.
Cuando la encontró, no se dio cuenta con lo que se enfrentaba. Veinte contra treinta y cinco. Aburrida de reuniones laborales y de hijos ajenos. Es mía, dijo, iluso él.
Soy rock, fue lo primero que le dijo, intentando impresionarla. Ajá, contestó ella y echó el humo del cigarrillo por encima de la cabeza del chico. Después, le palmeó la cara.
Te cabe el rock, se te nota, se huele, dijo mientras adoptaba una postura demasiado forzada: la ceja levantada, la mano en el bolsillo y media sonrisa.
Ella lo miró, sonrió con ternura y apoyó los dientes sobre el labio inferior. ¿Qué hay con las chicas de tu edad? le preguntó, retrocediendo un paso.
No es muy rocker esa pregunta. ¿Hay prejuicio? dijo él, adelantándose.
Y después de esa pregunta, ella terminó de entender todo. Le contestó que no, con la voz ronca que tienen los fumadores, después de darle un trago al vaso de cerveza. Casi no lo miraba, salvo para retirarle la mirada, como quién mira algo sin importancia, algo que forma parte del decorado.
Salgamos, dijo él. Salgamos de acá, no puedo hablar con este ruido.
Ella aceptó y él estuvo casi seguro de su victoria, al menos del principio de ella.
Llegando a la esquina, a él se le habían agotado sus parlamentos. Le urgía meterle mano por donde fuera pero sabía que un milimétrico error echaría por tierra la persecución de toda la noche.
Y vos qué hacés, dijo ella, cuando parecía que nadie iba a decir nada más.
Estudio, no sé, rockeo, contestó y ella largo un pff desalentador. Se paró frente a él. Ya está bien, le dijo. Ya está bien del rock y la pose. Ahora hablame vos o me voy. Tengo años de rockeros que terminan siendo tangos. No me aburras, pendejo.
A lo mejor fue la palabra, ese pendejo fastidiado que recibió casi en forma de reto, lo que lo aceleró. Avanzó hacia ella hasta que se chocaron con la pared. Con impunidad, la beso en la boca.
Al mismo tiempo descubrió, en el movimiento de la lengua femenina, en el frenesí del roce de ese cuerpo contra el suyo, que la mujer era mil rocanroles. Y después de eso, se sintió torpe, inexperto y mudo.
Fue ella la que paró el taxi e indicó la dirección, la que lo desvistió, lo tocó, lo besó y lo cabalgó.
Cuando sonó el telefono para avisar que el turno había terminado, ella ya estaba vestida. El seguía desnudo sobre la cama, con los ojos abiertos, mirándose en el espejo del techo de la habitación.

Mire a mí me parece que esto de que la mina treintytentona lo da vuelta como media al veinteañero es un mito urbano, a la final yo las que conozco que se meten con pendejos casi siempre terminamos haciendo honor al famoso dicho que el que se acuesta con chicos amanece… eh?
Pero masayá de mi eseptizismo, es un cuento muy bien narrado, la felicito una vez más!
en situaciones como ésta, la palabra pendejo es mágica, siempre.
Buena historia, tan cierta como cualquier otra si tenemos en cuenta que la realidad supera a la ficción mil veces.
Además, esa es una fantasía recurrente en muchos hombres, que muchas veces se cumple.
Lindo relato, aunque la verdad siempre me resultó difícil de creer que es una fantasía recurrente en muchos hombres…
Excelente relato, como nos has acostumbrado!
Verídico o no, el mito no pierde su encanto literario.
Adieu!